Hippies S.A.

•Noviembre 30, 2008 • 1 comentario

El equipo camino a la cancha

 Con el balón en los pies un ser humano se define. Demuestra sus debilidades, sus defectos, virtudes, miserias. Hay futbolistas que nuncan dan un pase en el area y otros que siempre lo hacen. Hay de aquellos que te abrazan cuando los reemplazas y otros que salen por el otro costado de la cancha, pateando y escupiendo el pasto. Siempre hay de todo.

Están los que se calientan con todos: el árbitro, los rivales, la cancha, el clima, la hinchada, el mundo y las constelaciones, la alineación de los planetas no parece estar de acuerdo con el juego que ellos hacen. Todo parece costarles, todo es una lucha. El juego épico.

Pero hay otros que juegan. Simplemente juegan o juegan simplemente.

He visto a un equipo de éstos. Un equipo que juega tan simple que identifica al que lo vea. En ese lugar hay gente que cree en la solidaridad, en el talento y en la unidad. Un equipo que retrotrae a los fundamentos de la vida. Un equipo tan estético como ético.

De esos equipos hay pocos. Holanda de los 70, tal vez. Colo-Colo 2006, puede ser. Holanda 98 es otro buen ejemplo. O el San Pablo de los 90. Eso en el fútbol profesional, pero en el amateur sólo he conocido a uno. Se llama Hippies S.A. Juega en una liga en El Refugio y perdió los primeros seis partidos que disputó. Lejos de desmoronarse, se reestructuraron para ganar cuatro juegos al hilo y resurgir de la nada. Volver del abismo.

Hubo fútbol, claro que lo hubo. Sin fútbol nunca se hubiesen ganado esos cuatro partidos. Pero sobre todo hubo solidaridad, corazón, espíritu, un fin que está más allá del entendimiento. El deseo de trascender. Lo que siempre debiese intentar cada equipo, cada nación, el ser humano.

 

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•Octubre 29, 2008 • 1 comentario

Bueno, he vuelto con el blog. Algunos de los visitantes me han hecho reconsiderar el abandono en que lo tenía y he decidido regresar al lugar que me ha visto nacer. He recibido comentarios de fans desconocidos, loas e insultos. Todos han sido bienvenidos. He comenzado con una columna de arte, algo inédito en ojodegenio. Espero que les guste.

Les amo

Hopper

•Octubre 25, 2008 • 1 comentario

Hooper, el pintor, parece un escritor de cuentos que ocupa un pincel en vez de una máquina de escribir y que ha suplido las palabras con óleo. Contemplar sus pinturas es como leer, interpretar, quedarse con la imagen y volver a verla en los sueños, en la vida cotidiana, y en los recuerdos. Ciudades que parecen muertas o paisajes inquietantes, la tranquilidad campestre y la desolación urbana.

La luz de afuera parece inalcanzable para sus solitarios personajes, aquellos que nunca llegan a tocar la promesa luminosa de nuestros tiempos. Sus pinturas son engañosas, a primera vista no está pasando nada, pero un poco de detenimiento basta para comprender lo contrario. Un huracán ha pasado y esto es lo que nos queda: ciudades, hombres y mujeres mostrándonos en silencio el vacío de la vida.

Ser figurativo pareciese oponerse- en el mundo del arte visual- con aquello abstracto, con lo que no se nombra y que suele ser el sustento de la vida humana, aquello que envolvemos con nuestros cuerpos y palabras, lo que no dejamos ver, lo que no decimos. Lo mismo ocurre con la novela o el cuento que parece mucho más alejado de lo indefinido que lo que está la poesía.

Sin embargo con Hooper se consigue lo contrario, porque es capaz de transmitir lo complejo de la existencia en códigos universales, en un lenguaje sencillo, es la excepción a la regla. En este sentido la pintura de Hooper es contraintuitiva y su postura ideológica respecto a ella, un tanto ambigua. Eso lo vuelve aún más interesante, pareciese ser un pintor libre como pocos. De esos que dan la impresión de ser más trascendentales, pintores y escritores, verdaderos artistas.

VECINOTE

•Octubre 18, 2007 • 3 comentarios

Al lado de mi casa siempre ha vivido un tipo llamado Jorge Palma. Le dicen el Huaso, nosotros le decimos Vecinote. Él es del barrio desde que el barrio nació, igual que mis papás llegó a principio de los setenta gracias a los buenos precios en que les daban las casas a los empleados de la empresa minera Disputada. Vecinote y mi padre eran empleados de esa minera y llegaron juntos a bautizar la Villa Iberia.

Para mí Vecinote siempre fue un gran tipo, siempre dispuesto a ayudar, a prestar el auto, la casa, llevarnos al colegio cuando no teníamos cómo. Siempre dispuesto, con voluntad, buena onda, un huaso divertido, alegre… Gracias a él uno de mis hermanos nació, ofreció su camión para llevar a mi mamá al hospital. No puso ningún problema, más allá de que era de madrugada lo hizo con gusto.

Amable, pero por sobre todo, loco. Fanático de Colo-Colo ponía los partidos en la radio y en los goles subía el volume para que quedara claro quién era el mejor de todos. Cuando no había partido ponía bien fuerte la radio de Carabineros para que los delincuentes pensaran que él era Carabinero y no se acercaran a su casa. Una vez vino a fumigar mi casa sin que se lo pidíesemos. Mi mamá le explicó cono cinco veces que no queríamos que fumigara, pero no había caso, no entendía. Tuvo que echarlo para que no llenara de químicos los árboles del patio.

Hace unos diez años empecé a saber cosas de él que me hicieron verlo de otra manera. Supe que el día del golpe vino a preguntarle a mi papá si guardaba armas en la casa. Claro, mi papá de izquierda, él más bien un oportunista, se sintió con más poder tal vez, quien sabe, él puso la bandera chilena en su casa, mientras mis padres sufrían el fin de los sueños. Luego supe que le pegaba a su mujer, que se la cagaba con otras minas, que una vez la echó de su casa junto con sus hijos, que al parecer había robado en la empresa y hasta que ni sus mejores amigos querían verlo.

Y luego vino la decadencia. Nos traía regalos de Linares: frutas, longanizas, huevos, lo que fuera. Lo hacía de una manera desinteresada pero al mismo tiempo amarga. Parecía que mi padre era su único amigo (si es que se le puede llamar así a un tipo que intercambia algunas palabras cada día) y le traía regalos para no perderlo. Empezó a extraviar la memoria, no recordaba el nombre de mi padre, inventaba charlas con los presidentes de la República, y dejó de diferenciar los sueños con la realidad. A esta altura su familia, en la práctica, ya lo había abandonado.

A pesar de lo perdido que se le veía nunca dejó de ser un tipo amable con mi familia, regalaba flores a las mujeres y frutas para la familia. Venía a pedir ayuda y un poco de plata prestada -que siempre devolvió-. Aunque en su cabeza todo estaba torcido nunca dejó de ser un huaso bonachón y querible. Nos preocupamos por su salud, hablamos con la familia para que lo llevaran al doctor, pero la desidia, y el rencor supongo, pudo más. Lo dejaron ahí, casi botado, sentado en su terraza esperando que alguien conocido pasara por la calle para hablar alguna palabra.

Hoy murió solo en un hospital de Puente Alto. No soportó mucho luego de un derrame cerebral el jueves pasado. Su familia no hizo mucho por ayudarlo, nadie lo hizo en realidad. Así se le devolvió la mano después de los malos tratos. Su cuerpo volverá a Linares, la tierra que amó, el lugar donde creció. Volverá al último lugar que no lo recuerda solo.

El miedo a la oscuridad

•Octubre 9, 2007 • 6 comentarios

Veo un cura hablar en la tele, en ese microprograma llamado Pan en tu camino. La versión chilena de la Dimensión desconocida. El hombre habla, habla bien, su tono es grave, de autoridad, de padre. Aparecen unas letras abajo, estoy sin lentes, creo leer que es profesor de la PUC. Hace sueño, pero logro entender lo que dice. A él le parece mal que se saqueen y destruyan iglesias, en eso estoy de acuerdo, aunque acepto que alguna parte de mí piensa que es cruelmente chistoso que roben iglesias, es como correr los cien metros planos contra un obeso mórbido.

Estoy por quedarme dormido. Cierro los ojos pero alcanzo a escuchar que la delincuencia es un problema nacional, que la autoridad es demasiado blanda, que tiene que ocupar de mejor forma la espada, eso dice él que dijo San Marcos. Mi sobrino va en el San Marcos, pienso. ¿Le enseñarán sobre San Marcos a mi sobrino? ¿Tendrá una educación basada en la espada? ¿será esgrimista? Me acuerdo de mi sobrino de chico, lo veo corriendo cerro abajo en Concepción, cantando en el living, durmiendo en un colchón al lado de mi cama a los tres años. Sueño con mi pubertad.

Abro los ojos. El televisor sigue sonando, lo apago y cierro los ojos. Intento dormir, volver al sueño que dejé atrás, pero no puedo, pienso en mi hija que está en el sur. Me la imagino durmiendo en su gira de estudios, bailando en una disco, drogándose, muriendo en un accidente, en el bus que la regresará a Santiago. La veo muerta en su asiento, con la sangre fresca, en posición fetal. La imagen se conecta con su nacimiento, la sangre en su cabeza, su indefensión. Por unos segundos siento como si de verdad ella hubiera muerto. Me angustio y hasta alcanza a salir una lágrima.

 Me siento un poco descontrolado por las imágenes que rondan mi cabeza, que se aparecen ante mis ojos cerrados. Ahora entiendo de verdad como se sentía ella cada vez que la dejaba en el jardín. Sus miedos que no podía verbalizar, sus ganas de abrazarme y no dejarme ir, como yo en este momento abrazando su recuerdo. La veo pequeña sin parar de hablar a bordo de su bicicleta rosada. Una imagen paradisiaca de los dos caminando hacia el jardín infantil una mañana de sol en octubre. Entonces prendo la luz del dormitorio, la oscuridad me obliga a enfrentar, pienso un poco enojado. Me levanto decidido a sacar estas imágenes de adentro, y le escribo este cuento a mi hija.

El último día

•Septiembre 27, 2007 • 5 comentarios

 Hace unas semanas me encontré con una amiga del colegio. Se veía bien, la recordaba más gorda, con lunares, no sé, con jumper, media apestada con el calor y pantys de lana. Éramos muy amigos en ese tiempo pero nunca pasó nada, iba contra mi reputación meterme con una mina así, de esas despreocupadas, medias hombres, medias amigos. 

Me saludó de abrazo y beso, al principio no sabía quién era, estaba seguro que la había visto en alguna parte pero no me acordaba dónde. Mi mente recorrió lugares, situaciones, recuerdos. Pensé que era una amiga de la cumpleañera a la que había visto hacía tres cumpleaños atrás y con la que me había emborrachado con una caja de vino, pero no. Tampoco era la hermana de la mejor amiga de mi hermana chica que un par de veces había visto en la casa. La prima del José, no. La novia del Pupi, no. La Caro, no. La Fran, la Chica, la Coqui, la Negra… Hasta que me miró no supe que era ella. Me miró con los mismos ojos con que me miraba en cuarto medio, como admirándome, como de chico a grande, como una groupie de la nueva ola mirando al Pollo Fuentes.  

Se veía tan linda, tan cercana, calurosa, borracha. Hablamos del pasado, de las salidas al cine, de películas malas que veíamos en su casa, de la vez que nos caímos de la micro, del Bar Nacional, del día que nos escapamos de clases para ver un partido. Y de ahí a los susurros, las palabras mal dichas, los labios a punto y los ojos caídos. Riéndonos de todo, con las bocas moradas de tantas copas. Me olvidé del cumpleaños, de mis amigos, todo se escuchaba lejano, un murmullo, como el de la ciudad, el de los autos pasando cerca pero sin saber de mi presencia. Me sentí aislado con ella, en otra parte, en un lugar compartido, parecido a la adolescencia, pero veinte años después.  

Nos besamos una, dos, muchas veces. Nos fuimos juntos, dormimos juntos. El desayuno fue lo último que supe de ella. No me dejó su número, tampoco se lo pedí. No quería involucrarme con ella, porque no era más que volver a sentirme quinceañero por un rato. Olvidándome de mis tres hijos, de mi mujer, y mis obligaciones del día siguiente. Un recuerdo me dejó. Un nombre. El nombre de su pareja, con el que llevaba doce años viviendo, Gonzalo Pizarro se llama. Alto, flaco, bueno para los asados y sobre todo fiel, lo describió ella .  

Esa noche me bastó para saber que mi vida siempre estuvo a su lado, que me quedé en las estupideces, con las imágenes, con las opciones de los otros. Esa noche me bastó para saber que todo el tiempo que yo he perdido, ese tipo, Gonzalo Pizarro, lo ha ganado con ella de la mano. Desde entonces me pregunto si no habrá sido una venganza. Su aparición en el cumpleaños, su coqueta insinuación, el vino, la cama, los besos. Una forma cruel de desbaratarme la vida, de mostrarme que finalmente su enfoque fue mejor y sus opciones más profundas y sinceras. Que no la debí haber dejado ir cuando pude. Que mi camino de autoengaño ya no tenía regreso. Ese día fue el último de mi vida.

La línea del Ecuador

•Junio 19, 2007 • 9 comentarios

 

 

 

 

 

En una jugada se define la vida. Pase largo, alto, anunciado. Pelota fácil para los ingleses. Terry ha despejado cientos de esos centros en el año. Ha cabeceado miles de esas pelotas en su carrera. Viene el pivoteo del “Tin” Delgado. La pelota es simple para Terry. Corre como siempre, seguro, tranquilo. Salta como siempre, alto, potente. Todo bien, menos el resultado: de su cabeza la pelota sale alta y hacia atrás. Tenorio viene corriendo desde su campo. Va a quedar sólo contra el arquero inglés. 

 

La pelota viene bajando. Terry está en el suelo. El inglés más cercano está a diez metros. Es la jugada que todo delantero sueña: la pelota bajando blanda, el arquero y tú, en un mundial, en octavos de final, contra Inglaterra, el estadio lleno, el estadio en contra, la FIFA en contra.  

 

La pelota cae en el pie de Tenorio. Él la duerme con su empeine derecho. Es muy técnico, talentoso de chico, el crack del barrio. Ha dado autógrafos desde que empezó en el fútbol, pero ahora es distinto. Si hace todo bien, si esa pelota no se escapa, más autógrafos, camisetas con su foto en todo Ecuador, anuncios de Coca Cola, figura apetecida por equipos europeos.  

 

La bajó tan bien que le quedó un poco atrás el balón. No importa, ha definido cien, mil, un millón de veces en condiciones más precarias. Ha hecho goles en canchas de tierra, entre piedras, en las playas de Ecuador, sin zapatos, sin Powerade, sin Adidas, ni Nike. Mira fijo la pelota, se concentra, ahí va su pierna haciendo el gesto amenazador previo al disparo. Los ingleses transpiran frío. Los ecuatorianos con la sangre hirviendo. 

 

El pie de Tenorio le entra lleno a la pelota. Tenorio y la esperanza. Ecuador dejará de ser la línea que divide al mundo en hemisferios, el remate va al arco, seguro, Ecuador pasará a ser un país. Dejarán de ser tratados como las sobras del continente más rico y más poderoso en cuanto a fútbol. Pasarán a ser potencia sudamericana. Nos empezará a dar miedo, mucho miedo cuando nos toque jugar contra ellos. Los imitaremos, gritaremos ¡sí se puede! hasta quedar sin voz. Ecuador depende tanto de que Tenorio lo haga bien. 

 

Y dispara, con todo. Y Ashley Cole se barre, alcanza a tocar la pelota. Igual el balón tiene como destino el arco. Y pasa en cámara lenta: el balón avanza, Robinson está batido, se tiró hacia el otro lado. Pero no, la pelota pega en el poste, se salva Inglaterra, las manos en la cabeza de los ecuatorianos.  

 

El partido sigue, pero Ecuador ya tuvo la suya, no habrá otra. Beckham hace un gol de tiro libre. El partido está por acabarse. Tenorio se lesiona. Ecuador fuera  del mundial. No habrán autógrafos, ni comerciales. Tenorio seguirá siendo uno más de los tantos buenos futbolistas de Sudamérica. Y para el mundo Ecuador seguirá siendo sólo una línea.  

¿Y QUÉ TANTO? (LA RESPUESTA)

•Junio 11, 2007 • 6 comentarios

Primero que todo, estoy muy lejos de ser un intelectual. Creo que no cumplo con ningún requisito para serlo: veo tele, me gusta Lost, Heroes (la gringa y la chilena), y el gran House. Leo libros, es cierto, pero qué periodista no lee. Tampoco paso más tiempo leyendo libros que viendo fútbol. Voy al estadio, me gusta el Colo, me gustan películas malas como Mi novia Polly o Zoolander, me gustan los whooper y la Coca Cola. Casi nunca tomo alcohol y nunca me he drogado. ¡¿Qué clase de intelectual nunca se ha drogado?!. Me gusta la música ultra comercial, y bailara reggeatón. O sea, soy un intelectual dEl perreo, eso sí lo acepto.

¿Y qué es eso de que me quiero parecer a Sepúlveda y a Fuguet? O sea, que pena que no me acerco ni a las canillas de ambos, que escriben mucho mejor que yo, y que llevan muchísimos años más que yo escribiendo. No me parexco en nada a ellos, o en muy poco. De hecho no he leido nada de ellos que se parezca a lo que yo he dejado impreso en trabajos, reportajes, entrevistas o incluso en este blog. Lo mío es mediocre, lo de ellos es de excelencia. Por algo son lo que son.

Más allá de parecerse o no, también es cierto que en la medida que lees encuentras formas que te acomodan, maneras de escribir que te interpretan, estilos reconocibles. Los he leido a los dos, y me gustan, como también hay otros escritores que me gustan: Lucho Miranda, Francisco Mouat, Kapuscinski, Neal Pollack y Paul Auster. De todos me gustaría tener algo, y en eso estoy.

Y a todo esto, ¿qué tiene de malo querer parecerse a Sepúlveda o a Fuguet? No creo que intente parecerme, pero si así fuera ¿qué tanto? Todos intentamos parecernos a alguien en algún momento de nuestras vidas, a Michael Jackson (pre-pedofilia), a Romario, a John Secada, a Joe Dirt, a Ben Stiller, al Gato con Botas, A Neo, al Bichi Borghi, a Gokú, no sé, qué se yo, a Gonzalo Cáceres, qué importa.

Eso, ¿qué importa?

TU COMENTARIO ES MI SUELDO

•Mayo 2, 2007 • 6 comentarios

Estoy escribiendo una historia. No sé ni en qué formato ni hacia dónde va. Sólo tengo dos parrafos que son el comienzo. Se los muestro a ustedes mis amiguis del blog. Por fa comenten. Tu comentario es mi sueldo

Me desperté con el cuerpo trizado y con sangre entre mis dientes. Hacía mucho tiempo que en Santiago no hacía tanto frío, pero yo estaba ardiendo. Sentía mis rodillas sangrar y mi codo no respondía. Desde el suelo los edificios parecen venirse encima y las calles interminables. Una pared a un lado y la calle en el otro, la noche sobre mí y el calor en mi estómago. Respiré unos momentos, congelé mis pulmones con aire y me levanté.

Sentí náuseas, el corazón en la cabeza tratando de salir por alguna parte, recordándome que éste no había sido un buen día. Me agarré a un poste de luz y traté de concentrarme, de saber qué debía hacer. Un perro me miraba a un metro, lo miré un rato y escupí en la vereda. Caminé dos pasos, vi dos siluetas en el fondo de la calle y caí con la cabeza en el cemento húmedo, frío y amargo. Escuché a lo lejos una canción cubana y mi oreja derecha se calentó con la sangre que brotaba de frente. Mis ojos se cerraron.

La tele y yo

•Abril 17, 2007 • 5 comentarios

 

En 1998 Plan Z la llevaba. Muy pocos veíamos el canal 2, y a muy pocos se nos ocurría que ese programa marcaría tan fuerte a nuestra generación. Llegaba al colegio a comentar el capítulo de la noche anterior con el “Guatón Andrade” , un amigo muy flaco que alguna vez había sido rechoncho.

A medida que el programa avanzaba más gente decía verlo. Al menos en mi curso era así, cada vez más gente comentaba el programa con nosotros, y nos volvíamos a reir de las tallas de la noche anterior. Pero por mucho que se sumaran compañeros de generación, seguíamos sintiéndonos únicos por haber descubierto a estos tipos geniales. En el fondo nos sentíamos uno más del equipo de Plan Z.

Que lamentable yo, pienso ahora. En la universidad conocí a más gente que veía Plan Z y se acordaban de lo mismo o incluso más que yo. En la revista Sábado, salió un aviso de un socio que vendía un DVD con lo mejor de Plan Z y parece que le iba bien. Yo le compré un disco, más bien lo hizo mi polola para regalármelo, era uno de los últimos que le quedaba.

La televisión tiene eso, de vez en cuando sale un programa genial, y tú lo descubres, y por un tiempo te sientes la raja. Crees que eres una mejor persona por encontrarlo. Te sientes así por mucho tiempo, al menos hasta que descubres que son miles los que se sienten como tú, que son miles los que se están viendo televisión, lo mismo que tú, el mismo humor creativo que en el fondo vuelve más parecido el humor de todos, que te vuelve menos único, que nos hace a todos iguales.

Pasé de pensar que soy seco por reirme con plan Z a entender que soy nada más que un consumidor pasivo de contenidos. Un contenido en el que caben miles de personas que se sienten identificadas con lo mismo que yo. Una trampa para hacernos creer que somos distintos, que somos críticos, pensantes. Nada de eso es cierto, sólo somos consumistas, de una industria idiotizante.

Ahora entiendo porque soy un poco tonto. Eso que yo consideraba un don, es en el fondo la construcción que la televisión a hecho de mí. Soy un hijo de los malvados programas que me volvieron igual a todos.