Con el balón en los pies un ser humano se define. Demuestra sus debilidades, sus defectos, virtudes, miserias. Hay futbolistas que nuncan dan un pase en el area y otros que siempre lo hacen. Hay de aquellos que te abrazan cuando los reemplazas y otros que salen por el otro costado de la cancha, pateando y escupiendo el pasto. Siempre hay de todo.
Están los que se calientan con todos: el árbitro, los rivales, la cancha, el clima, la hinchada, el mundo y las constelaciones, la alineación de los planetas no parece estar de acuerdo con el juego que ellos hacen. Todo parece costarles, todo es una lucha. El juego épico.
Pero hay otros que juegan. Simplemente juegan o juegan simplemente.
He visto a un equipo de éstos. Un equipo que juega tan simple que identifica al que lo vea. En ese lugar hay gente que cree en la solidaridad, en el talento y en la unidad. Un equipo que retrotrae a los fundamentos de la vida. Un equipo tan estético como ético.
De esos equipos hay pocos. Holanda de los 70, tal vez. Colo-Colo 2006, puede ser. Holanda 98 es otro buen ejemplo. O el San Pablo de los 90. Eso en el fútbol profesional, pero en el amateur sólo he conocido a uno. Se llama Hippies S.A. Juega en una liga en El Refugio y perdió los primeros seis partidos que disputó. Lejos de desmoronarse, se reestructuraron para ganar cuatro juegos al hilo y resurgir de la nada. Volver del abismo.
Hubo fútbol, claro que lo hubo. Sin fútbol nunca se hubiesen ganado esos cuatro partidos. Pero sobre todo hubo solidaridad, corazón, espíritu, un fin que está más allá del entendimiento. El deseo de trascender. Lo que siempre debiese intentar cada equipo, cada nación, el ser humano.







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